Hay fenómenos que sacuden no solo la tierra, sino también la conciencia humana. Los terremotos han acompañado a la humanidad desde sus inicios, pero la Escritura los señala como parte importante del cuadro profético de los últimos tiempos. Cuando nuestro Señor Jesucristo habló desde el Monte de los Olivos, advirtió que los terremotos en diferentes lugares serían el «principio de dolores» (Mateo 24:7-8), comparándolos con las contracciones de un parto que aumentan en frecuencia e intensidad. No se trata de eventos aislados, sino de señales que anuncian algo mayor.
La profecía de un terremoto sin precedentes.
El libro de Apocalipsis describe el evento culminante en su capítulo 16, versículo 18: «Entonces hubo relámpagos y voces y truenos, y un gran temblor de tierra, un terremoto tan grande, cual no lo hubo jamás desde que los hombres han estado sobre la tierra». La frase es contundente: no habrá otro igual en toda la historia humana. Este terremoto no es meramente natural; forma parte de la séptima copa de la ira de Dios, un juicio que precede inmediatamente a la consumación final.
Lucas añade un detalle importante: «Habrá grandes terremotos, y en diferentes lugares hambres y pestilencias; y habrá terror y grandes señales del cielo» (Lucas 21:11). La asociación de terremotos con otros fenómenos —hambrunas, plagas, señales celestiales— dibuja un escenario de conmoción cósmica que trasciende lo meramente geológico.
Desde una perspectiva cristocéntrica, estos terremotos no son castigos arbitrarios. Son manifestaciones del poder de Cristo sobre la creación, recordándonos que el mismo que calmó la tempestad en Galilea tiene autoridad sobre toda fuerza natural. El terremoto final de Apocalipsis 16:18 no es un acto de destrucción sin sentido, sino el preludio del establecimiento del reino eterno de Dios, donde «lo que puede ser sacudido pasará, pero el reino de Dios permanece para siempre».
La realidad ¿qué dicen los números?
Aquí es donde la fe y la ciencia se encuentran en un terreno fascinante. El Servicio Geológico de Estados Unidos (USGS) registra actualmente unos 20.000 terremotos al año en todo el mundo, aproximadamente 55 al día. Pero la pregunta que muchos se hacen es: ¿están aumentando?
La respuesta científica es matizada. Según los propios datos del USGS, la frecuencia de terremotos mayores (magnitud 7.0 o superior) se ha mantenido notablemente estable durante más de un siglo, con un promedio de unos 16 al año. En 2010, el año con más registros, hubo 23 terremotos de magnitud 7 o mayor; en 1989, solo 6. Estas fluctuaciones son parte de la variación normal de la sismicidad.
Sin embargo, hay un dato que merece atención. En 2025, el USGS catalogó 18.267 terremotos de magnitud 4.0 o superior en todo el mundo, incluyendo 144 eventos de magnitud 6.0 o mayor. Esto representa un número récord de terremotos M4+ en un solo año. El terremoto más fuerte alcanzó una magnitud de 8.8 en la península de Kamchatka, Rusia, en julio de 2025. En marzo de ese mismo año, un sismo de 7.7 sacudió Myanmar y Tailandia, cobrando más de mil vidas.
El USGS explica que el aumento en el número total de terremotos registrados no se debe a que haya más terremotos, sino a que hay más instrumentos sísmicos y estos son más sensibles. Además, la cobertura mediática y las redes sociales hacen que nos enteremos de cada sismo con una inmediatez que antes no existía.
El factor climático y una variable emergente.
Pero hay otro elemento que los científicos están comenzando a tomar en serio como el cambio climático. Investigaciones recientes sugieren que el calentamiento global podría estar influyendo en la actividad sísmica. El derretimiento de los glaciares reduce el peso sobre la corteza terrestre, lo que puede desencadenar rebotes que provocan terremotos. Un estudio de la Universidad Estatal de Colorado, publicado en la revista Geology, encontró que una falla en las montañas Sangre de Cristo se había mantenido estable gracias al peso de los glaciares durante la última edad de hielo; al derretirse, la falla se activó.
Matthew Blackett, geólogo de la Universidad de Coventry, señala que el aumento de las precipitaciones y el derretimiento de glaciares podrían exacerbar los peligros bajo la superficie de la Tierra. En el Himalaya, por ejemplo, el 48% de los terremotos ocurren durante los meses secos previos al monzón, cuando el peso del agua desaparece y la corteza «rebota». Los modelos climáticos proyectan que las lluvias monzónicas en el sur de Asia se intensificarán, lo que podría aumentar la actividad sísmica en la región.
¿Señales o estadísticas?
Aquí es donde la reflexión teológica y el análisis científico deben caminar juntos sin confundirse. La ciencia nos dice que no hay evidencia de un aumento sostenido en la frecuencia de grandes terremotos. Pero también nos dice que hay factores —como el cambio climático y la actividad humana— que están modificando los patrones sísmicos.
El creyente no necesita que la ciencia confirme la profecía para creer en ella. Pero cuando los datos científicos coinciden con las palabras de nuestro Señor Jesucristo, hay una confirmación que fortalece la fe. Los terremotos no son «el fin», sino «el principio de dolores». Son contracciones que anuncian un parto como el nacimiento de un nuevo cielo y una nueva tierra.
Una mirada cristocéntrica
El terremoto de Apocalipsis 16:18 sigue siendo futuro. Ningún sismo registrado en la historia se acerca a la magnitud de ese evento profetizado. Pero los terremotos que ya estamos viendo —desde el devastador sismo de Haití en 2010 con 300.000 muertos hasta los 144 terremotos de magnitud 6 o superior registrados en 2025— nos recuerdan que la creación gime, esperando la manifestación de los hijos de Dios.
El Señor JESUCRISTO es el centro de toda profecía. Los terremotos no son para sembrar miedo, sino para recordarnos que Su Palabra es verdadera y que debemos permanecer firmes en la fe. El mismo Señor que dijo «se levantará nación contra nación, y habrá terremotos» es el que prometió: «Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mateo 28:20). En medio del estremecimiento de la tierra, la roca de nuestra salvación permanece inamovible.

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